¡Otra vez! Ocurre una vez por temporada. A veces más. Bueno, quizás el año de todas las copas se les olvidara escribirlo. Lo que importa es que ya ha aparecido esta temporada. En cuanto el Barça no juega bien Ramón Besa, el reportero de El País que sigue al Barça, lo soluciona diciendo que el Barça es o está “barroco”. La crónica del partido contra el Athletic compara las virtudes del Bilbao con un Barça “tan honesto y dominador como barroco”.
Honesto. Dominador. Barroco. ¿Un conquistador español olvidado de su fe en medio de la Amazonía?

Esto no es nuevo. Ya hace unos años di una charla en la que, para explicar la polisemia del término “barroco” desde que Wolfflin lo pusiera de moda para hablar del arte italiano, me remití al mismo periodista para explicar este n-gram en que parece haberse convertido el tándem “Barroco-Barça”. ¡Si el buscador de Google pudiera entendernos ya como pronto lo hará!

En aquel caso, la negatividad del término “barroco” —casi un insulto: ¡eres un barroco!—, venía rodeada de imágenes morales que hacían referencia a la falta de intensidad, de energía, de energía, de un juego que sólo se puede materializar en todos su esplendor cuando se hace plenamente. Ahora también, como se puede ver por la narración del partido contra el Gijón, que marca el inicio de esta crisis barcelonista, los mismo síntomas están presentes en esta recaída barroca de los de Guardiola: “Aunque la marca barcelonista quedaba garantizada por el triángulo Xavi-Iniesta-Messi, su fútbol perdió intensidad y fiabilidad, se alteraron los mecanismos del juego y las acciones episódicas jugaron por una vez a favor del rival.”

Cambiando las palabras relevantes, esta frase la podía haber escrito un crítico de arte europeo para explicar cómo el espíritu del arte barroco quedó desmejorado en los retablos y pinturas latinoamericanas. Lo curioso de este uso futbolístico de la negatividad barroca es que es el mismo equipo, sin moverse, el que, traicionando su decálogo estético, se “barroquiza” en cuanto se descuida. ¿Será entonces que el mejor Barça de la historia, el mejor equipo de fútbol que nunca haya habido, es todo esto porque es barroco? Es decir, es tan barroco que no puede escapar de su ADN y en cuanto se descuida el principio de entropía lo devuelve a su realidad.

Y no crean que los descuidos morales son casuales en este contexto. Como entonces, cuando los males morales que acarreaban las salidas nocturnas de los “Ronaldinho’s boys” contaminaban con su conscupiscencia la belleza del ideal barcelonista, el juego del equipo se volvía barroco. Ahora son los supuestos excesos de otros, que de frugales héroes han pasado a convertirse en pobres sansones en manos de sus respectivas dalilas, los que provocan la caída del mejor equipo del mundo. ¿No se dan cuenta de que el símbolo por excelencia de este defecto erótico ha sido siempre “El éxtasis de Santa Teresa” de Bernini? ¡Tanta belleza, tanta espiritualidad, tanto erotismo! ¡Tan barroco!

Lo normal sería referirse a España como un equipo barroco, puesto que lo peor de España ha venido de su barroquismo católico. Y en efecto, la hemeroteca señala que el mal inicio de España en el pasado mundial fue saludado con el siguiente titular: “Demaisado barrocos“. La primera frase decía: “La selección española fue ayer un equipo excesivamente barroco y a menudo amanerado.” Religión y sexo en una línea….para hablar de fútbol. Claro, a “España le pudo la retórica” era la versión de José Sámano de esta nueva debacle.

Se trata, sin duda, de algo que se puede rastrear también en la exposición alojada por el CCCB de Barcelona y titulada “El Defecto barroco“. El objetivo de la exposición era “desgranar la relación entre el mito hispano y su principal estrategia de supervivencia: el barroco”. Sin embargo, de las tres grandes exposiciones sobre el barroco que vi en España en 2010 —ésta, Principio Potosí y Pinturas de los reinos— “El defecto barroco” era la más españolista de todas. Su lema comenzaba con la siguiente frase: “Lo hispano está embarrocado…” y el objetivo del visitante debía ser desembarrocarlo y así des-hispanizarlo. Al pretender desprenderse de su destino barroco —como el Barçca cuando juega mal, según Besa— mediante un profundo análisis de su ideología, la propuesta no hace sino recurrir a los mismos elementos que pretende desvelar. Crítica y retórica para borrar crítica y retórica. El problema es que del destino no se puede escapar, como sabían los trágicos.

El Barça no es barroco porque el barroco no es exclusivo del mundo hispano. ¿Han viajado por cualquiera de las capitales europeas, católicas o protestantes, del norte o del sur? ¿En cuál de ellas no hay arquitectura barroca? El Barça no es barroco porque la pérdida de tensión de un sistema tiene que ver con sus ciclos de vida y sus fuentes de energía, no con su estética, y confundir ambas cosas, realidad y retórica, es precisamente, “el defecto barroco”…. Pero de los críticos, no de los objetos. El Barça no es barroco porque el Barça no ha leído a Maravall: el Barça juega al fútbol.

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