El paseo de los filósofos recorre el borde de la ladera separando, a un lado, el ruido de la civilización y, al otro, el silencio profundo de los templos. Al borde de la vida, el visitante entra y sale de la civilización a la espiritualidad, una y otra vez, una y otra vez, hasta que el azar decide en qué vertiente le toca jugar.
Ginkakuji le espera con los brazos abiertos para mostrarle la, hasta ahora, mayor de las tentaciones. Dentro, la armonía perfecta de arquitectura, paisaje y naturaleza gritan silenciosamente indicando que este es el lugar. ¿Hay acaso otro más bello en la tierra? ¿Se atrevería alguien a imitar los surcos perfectos que el zen ha creado valiéndose de la mano del hombre y de la fuerza de la naturaleza?

La curva del paseo de la filosofía


El paseo rompe momentáneamente la ilusión: hay más templos, todos a lo largo del camino, donde el paseante reedita las tentaciones de la sabiduría mientras escucha el ruido de los hombres. En el recorrido los turistas van dejando sus huellas a la busca de una inspiración que sólo un profesor encuentra a la sombre de un árbol mientras corrige las pruebas de sus jóvenes pupilos.
¿Será que es en el camino en donde hay que vivir? ¿Es el paseo el mensaje que la filosofía dejó al futuro en este lugar del mundo? La filosofía es paseo. La filosofía es contemplación y civilización. La filosofía es seguir caminando al borde del agua, entre las plantas, disfrutando de la sombra, evitando turistas, escuchando el ruido y el silencio. El paseo de la filosofía es la banda sonora de la vida.

El agua indica que el paseo no se detiene


¿A dónde nos lleva este camino de la filosofía? ¿Qué destino nos espera al final del paseo? La misma sabiduría aguarda detrás de una puerta cuyos caracteres no alcanzamos a leer. ¿Será este el lugar?
El umbral marca el tránsito hacia donde no seremos más que el otro, el extranjero que no se puede comunicar y al que todos, miran con curiosidad, algunos, con desprecio por la irreverente invasión de lo privado.
Este es el lugar.

La delicia del detalle


Al poco de estar dentro, comenzamos a ser de ellos, a comunicarnos por señas, a mostrar nuestra admiraicón y expresar nuestro asombro. Harada ejerce su maestría con la sabiduría de quien ha paseado por muchos mundos sin salir de Kyoto. ¡Qué imaginación¡ ¡Qué calidad! La cultura del detalle se manifiesta con naturalidad en cada gesto. Fukuoka y Natsu nos alegran la noche al hacernos objeto de sus burlas —¡hablar chino en Kyoto!—.

Fukuoka, Natsu, Fernando y Juan Luis, al final de la noche


Libertad de no entender casi nada, placer de disfrutar de cada detalle de la cocina de Harada: yuzus y sakes hacen el resto.

Este paseo por la filosofía sólo podía terminar aquí.

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